
Foto: Marlene Martínez (LadoB)
Artículo publicado originalmente en Pikara Magazine.
El artículo que sigue es un resumen del artículo original.
Autora: Dafne García
Internet se ha convertido en un canal rápido y eficaz para lucrar con el cuerpo y la intimidad de las mujeres. A través de redes sociales y herramientas digitales, cibercriminales construyen redes de explotación sexual sin necesidad de retener físicamente a las víctimas. Este fenómeno representa una evolución de la trata de personas hacia el ámbito online. Aunque en México no existen estadísticas específicas sobre esta modalidad, datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía indican que entre 2018 y 2019 al menos 9,4 millones de mujeres jóvenes sufrieron ciberacoso, lo que da una idea de la magnitud del problema.
1. La trata digital: explotación sexual en línea
El caso de Tania ilustra con claridad esta nueva forma de explotación. Tras conocer a un hombre en internet, desarrolló con él una relación virtual basada en la confianza. Sin embargo, cuando compartió imágenes íntimas, él comenzó a extorsionarla económicamente. Durante meses, bajo amenazas, Tania pagó dinero con la esperanza de detener el abuso, pero la violencia continuó.
Su caso no fue aislado: varias jóvenes de su universidad sufrieron el mismo tipo de engaño. Las imágenes obtenidas mediante sextorsión acababan siendo comercializadas en internet en forma de “packs”. Incluso cuando las víctimas intentaban eliminar su contenido, se les exigía proporcionar nuevas imágenes de otras mujeres, perpetuando así el ciclo de explotación.
Este testimonio muestra cómo la trata ha evolucionado hacia formas digitales donde no es necesario el encierro físico: la coacción psicológica, el miedo y la exposición pública bastan para someter a las víctimas y obtener beneficios económicos.
2. El impacto de la tecnología en la trata sexual de mujeres y niñas

Ilustración: Gogo Ortíz | Foto: Marlene Martínez (LadoB)
La tecnología no solo facilita nuevas formas de explotación, sino también la captación de víctimas. Las redes sociales permiten a los agresores engañar a mujeres y niñas mediante falsas relaciones sentimentales o promesas laborales, que en algunos casos derivan en trata física, pero también en explotación puramente digital.
Investigaciones como la de Kathleen Maltzahn advierten que internet es tanto un medio de reclutamiento como un mercado global donde se comercializa contenido sexual. Las plataformas permiten compartir, vender y difundir imágenes de manera inmediata, ampliando el alcance de la explotación.
Además, surge un debate clave: incluso sin traslado físico, cuando se obtienen beneficios económicos a partir de imágenes íntimas difundidas sin consentimiento, ¿puede considerarse trata? Esta cuestión plantea retos legales importantes, especialmente por la dificultad de vincular el contenido online con víctimas concretas y de identificar a los responsables.
También se subraya la necesidad de no minimizar el daño: detrás de cada imagen hay una persona real cuya vida puede verse gravemente afectada por la exposición, la estigmatización y el trauma.
3. La violencia digital y su relación con la explotación sexual

Ilustración: Gogo Ortíz / Foto: Marlene Martínez (LadoB)
Según la organización Luchadoras MX, la violencia digital contra las mujeres incluye todos aquellos actos cometidos o agravados mediante tecnologías que generan daño psicológico, económico o social.
Dentro de esta violencia se encuentra la explotación sexual digital, definida como el uso del cuerpo o la imagen de una persona sin su consentimiento para obtener beneficio. Esta puede manifestarse de diversas formas: sextorsión, difusión de contenido íntimo, grooming o captación con fines de abuso.
La activista Olimpia Coral Melo destaca que esta modalidad puede ser incluso más grave que otras formas de violencia, ya que no requiere contacto físico para producir un daño profundo. La explotación se perpetúa mediante la circulación constante de imágenes y videos, generando beneficios económicos y prolongando el sufrimiento de las víctimas.
4. La vulnerabilidad en el ciberespacio

Ilustración: Gogo Ortíz / Foto: Marlene Martínez (LadoB)
El entorno digital facilita este tipo de delitos debido a una combinación de factores: la existencia de agresores motivados, la accesibilidad a potenciales víctimas y la falta de mecanismos eficaces de control. Esta situación coincide con la teoría criminológica de la “actividad rutinaria”.
Los datos del Módulo sobre Ciberacoso del INEGI muestran que las mujeres jóvenes son especialmente vulnerables. Entre las formas más comunes de acoso se encuentran insinuaciones sexuales, contacto mediante identidades falsas y mensajes ofensivos. Además, en más de la mitad de los casos, los agresores no son identificados.
Los grupos más afectados son adolescentes y mujeres jóvenes, especialmente entre los 12 y los 29 años. Organizaciones como el Frente Nacional para la Sororidad han identificado que muchas víctimas de explotación sexual digital tienen entre 14 y 22 años, lo que evidencia la especial vulnerabilidad de este sector.
5. Enamoramiento como forma de captación y la utilización de perfiles falsos

Ilustración 5 – Ilustración: Gogo Ortíz | Foto: Marlene Martínez (LadoB)
El caso de Tania responde a un patrón común. Los agresores crean vínculos emocionales con sus víctimas mediante relaciones virtuales, con el objetivo de obtener contenido íntimo para extorsionarlas. Este método combina manipulación afectiva y explotación económica.
Las redes sociales facilitan este proceso, ya que permiten a los delincuentes investigar a sus víctimas y construir perfiles falsos creíbles. Plataformas como Facebook son utilizadas con frecuencia para este tipo de delitos, gracias a la facilidad para crear identidades ficticias, incluso mediante sistemas automatizados.
Una vez establecida la relación, los agresores trasladan la comunicación a canales más privados, intensifican el contacto y refuerzan la confianza. En algunos casos, incluso simulan entornos familiares para aumentar la presión.
Además, la difusión de contenido íntimo por parte de parejas o exparejas puede convertirse en una puerta de entrada a la explotación, ya que estas imágenes pueden ser reutilizadas y comercializadas por redes criminales.
Uno de los principales obstáculos para combatir estos delitos es la dificultad para denunciarlos. Cuando solo existen amenazas, muchas legislaciones no permiten actuar. Y cuando el contenido ya ha sido difundido, el uso de perfiles falsos dificulta identificar a los responsables.
En conjunto, este fenómeno revela una transformación profunda de la trata de personas. La explotación sexual ya no requiere espacios físicos ni redes visibles: puede operar desde la intimidad de una pantalla, aprovechando la vulnerabilidad, la confianza y la falta de protección efectiva en el entorno digital.
