
Fuente original: elDiario.es
Salma, una mujer de origen marroquí, ha logrado escapar tras casi dos años de cautiverio en una vivienda aislada de la pedanía murciana de San José de la Vega. Su desaparición, denunciada en abril de 2024, había sido inicialmente considerada voluntaria, pero su testimonio confirma que fue retenida contra su voluntad y sometida a graves episodios de violencia y control.
Aprovechando un descuido de su captor, Salma consiguió huir y caminar varios kilómetros hasta un centro de salud, donde pidió ayuda. Su estado físico evidenciaba el sufrimiento padecido. La Policía Nacional ha detenido al presunto responsable y a otras tres personas por su posible colaboración en el encubrimiento. El caso se investiga en el ámbito de la violencia de género y la víctima se encuentra actualmente en un recurso de acogida.
La Asociación de Trabajadores Inmigrantes Marroquíes (ATIM) ha ofrecido apoyo jurídico a Salma y ha subrayado la necesidad de una respuesta social firme ante hechos “atroces e intolerables”. La entidad recuerda que el silencio y la falta de denuncia contribuyen a perpetuar el sufrimiento de las víctimas.
La trata y la explotación: una realidad que también ocurre en nuestro entorno
Este caso vuelve a poner de manifiesto una verdad incómoda pero necesaria: los tratantes y explotadores no pertenecen a una única nacionalidad ni proceden siempre de fuera de nuestras fronteras. La trata de personas es un delito que se alimenta del abuso de poder, la desigualdad y el silencio, y puede ser cometido por individuos de cualquier origen, incluida la ciudadanía española.
Es fundamental que la sociedad tome conciencia de que la captación, el control y la explotación de personas también se producen en nuestro país, en barrios, pueblos y entornos cotidianos. Romper la idea de que “esto lo hacen otros” es un paso imprescindible para poder detectarlo, denunciarlo y acompañar a las víctimas con dignidad.
Desde la Comisión Diocesana contra la Trata de Personas reafirmamos nuestro compromiso con la prevención, la sensibilización y el apoyo integral a quienes sufren estas violencias. La trata no es un fenómeno lejano: es una herida abierta en nuestra propia realidad, y solo una comunidad vigilante, informada y solidaria puede contribuir a sanarla.
