
El miércoles 11 de febrero, la Comisión contra la Trata de personas de la Diócesis de Madrid celebró la Vigilia de Oración en honor a Santa Josefina Bakhita 2016, en la parroquia de San Juan de la Cruz. Fue una noche intensa, luminosa y profundamente significativa, en la que la oración se convirtió en conciencia, compromiso y encuentro.
Nos reunimos personas de distintos puntos de Madrid y alrededores: profesionales que trabajan acompañando a víctimas de trata, miembros del Consejo de Pastoral, agentes de pastoral social, personas interesadas en conocer más esta realidad y otras que, movidas por la inquietud o la fe, quisieron aprender y sumarse. El ambiente que se respiraba era de amistad, cariño y responsabilidad compartida.
Una Iglesia iluminada por los cinco continentes

La celebración comenzó con la acogida del obispo D. Vicente Martín, y la monición de entrada, recordando la vida de Santa Bakhita: mujer sudanesa que sufrió la esclavitud, luchó por su libertad, abrazó la fe cristiana, se consagró como religiosa y hoy es patrona de quienes combaten la trata. Su historia, marcada por el dolor y transformada en esperanza, dio sentido a nuestra oración.
Cinco grandes velas, de distintos colores, representaban a los continentes y los valores que el mundo necesita para sanar la herida de la trata:
- Verde – Paz (África)
- Blanca – Fe (Europa)
- Roja – Amor (América)
- Amarilla – Justicia (Asia)
- Azul – Esperanza (Oceanía)

Tres representantes de cada continente avanzaron en procesión hasta el altar portando la vela y un cartel. La luz, tomada del cirio pascual, fue recorriendo el mundo. Cada lectura dio voz al dolor de las víctimas —mujeres, hombres, jóvenes y niños explotados— pero también a la fuerza de los pueblos, a la resiliencia, a la lucha por la dignidad y la libertad.

La enorme iglesia de San Juan de la Cruz se llenó de color y simbolismo: los tejidos africanos en la base del cuadro de Santa Bakhita, las velas encendidas, los carteles depositados junto a su imagen… Todo hablaba de un mundo herido, pero también de un mundo que no se resigna.

El coro «Voces CONFER Madrid», también multicultural como la asamblea, ayudó a crear un clima de oración profunda. Una presentación acompañaba los cantos y las respuestas para facilitar la participación de todos, haciendo de la vigilia un verdadero acto comunitario.

El obispo D. Vicente Martín, responsable de la Pastoral Social de la Diócesis de Madrid, nos animó a mirar de frente la realidad de la trata de personas con fe y responsabilidad. Recordó que cada persona tiene dignidad y merece respeto. La trata, la violencia y los conflictos aprovechan la vulnerabilidad de migrantes, desplazados y pobres, negando su humanidad y destruyendo la paz.
Nos invitó a no mirar para otro lado, sino a involucrarnos: rezar, aprender sobre estas injusticias y actuar. La paz solo es posible cuando se respeta la dignidad inviolable de cada persona, resistiendo todo sistema que convierte al ser humano, amado por Dios, en mercancía.
Subrayó que la fe se vive en gestos concretos de solidaridad y justicia. Podemos ayudar acogiendo, acompañando y apoyando a las víctimas con cariño y esperanza. La paz y el respeto comienzan cuando tratamos a cada persona como a un hermano o hermana.
Un gesto que nos envía al mundo

Uno de los momentos más significativos fue el envío de luz y paz a los cuatro puntos cardinales. De pie, con la mano en el corazón y después extendida hacia cada dirección, la asamblea expresó su compromiso personal. Fue un gesto sencillo, pero lleno de fuerza: reconocer que la lucha contra la trata comienza en cada uno de nosotros y se proyecta hacia el mundo entero.
Se invitó a quienes lo desearan a formular interiormente un compromiso concreto para erradicar la trata, para promover más justicia, más dignidad y más paz en todos los rincones del mundo.
Una noche para no ser indiferentes
La Vigilia fue un momento fuerte de toma de conciencia sobre la realidad de la trata en los cinco continentes. Oramos por las víctimas, por quienes las explotan —pidiendo la conversión de sus corazones— y por nosotros mismos, para no caer en la indiferencia.
La luz que encendimos no quiere quedarse en el templo. Quiere traducirse en gestos concretos: acompañar, sensibilizar, denunciar la injusticia, crear comunidades seguras y acogedoras.

Con Santa Bakhita aprendemos que el dolor no tiene la última palabra. La paz comienza cuando la dignidad es reconocida. Y esa tarea nos compromete a todos.
