Publicado originalmente en ElConfidencial.com

Laura, venezolana de 35 años. Otra mujer a la que le prometieron un trabajo en España que resultó un engaño. En su país, trabajaba en una panadería y conocía a los que fueron sus captadores porque había limpiado en su casa, pero al llegar a España todo cambió. «Llegué en 2014 con la intención de trabajar en una peluquería y me llevaron a una casa para trabajar como servicio doméstico. No sé si puedo decirlo, pero allí se traficaba con drogas. Imagíname, una mujer indocumentada, que no conoce España, temí por mi vida y acabar presa. Fue horrible. Me escapé de allí antes de que me obligaran a ejercer la prostitución y fui a la policía», explica. Tiene pocas ganas de recordar aquello, de dar detalles. Tiene las uñas muy largas pintadas de rojo, una melena negra rizada que desprende olor a acondicionador y unas pestañas infinitas. Abraza con ganas al terminar su relato.
Laura, dicen sus compañeras, cose de maravilla, pero hay algo de miedo y desconfianza aún en ella. «Como España tiene convenio con Venezuela, mi familia está protegida y eso me calma un poco, pero tengo miedo de encontrármelos [a los explotadores] por la calle. Le he contado pocas cosas a mi familia, pero les he dicho que cambien las cuentas en redes sociales, de número de teléfono, porque no quiero que sepan nada de ellos», dice. Hay temor, vergüenza y desconfianza.
«Las mafias nos buscan en redes sociales, a nosotras y a nuestras familias», confirma Marcela.
Hoy Laura lleva el chaleco que le identifica como parte de APRAMP (Asociación para la Prevención, Reinserción y Atención a la Mujer Prostituida), la institución que la liberó de la esclavitud y desde la que hoy ayuda a otras mujeres que han pasado por el mismo calvario que ella.
