«En Nigeria hay que pagar por todo»
Publicado originalmente en ElConfidencial.com

Blessing es nigeriana y está a punto de cumplir 25 años. Al decir la edad, pone cara de que son muchos y se echa a reír. Tiene una risa expansiva y sonora. «Hoy precisamente es el funeral de mi padre», dice con naturalidad. Blessing no pudo estudiar porque su familia no podía pagar la escuela, así que se puso a trabajar como peluquera y maquilladora. Se le planteó la posibilidad de hacer lo mismo en Europa y pensó que era la mejor opción, porque entonces su padre ya estaba enfermo y quería ayudar a pagar el médico y las medicinas. «En Nigeria hay que pagar por todo», añade.
La primera parada del viaje fue Libia, donde trabajó en varias bodas, pero al llegar a España le dijeron que tenía que ejercer la prostitución. La amenazaron con las consecuencias que su negativa tendría para su familia. Y añadieron un temor que es clave en países como Nigeria: el vudú. Estuvo encerrada en un bar africano de Málaga en el que no tenía libertad de movimiento y una deuda de 25.000 euros. «He recibido muchas amenazas, he pasado mucho miedo. La dueña de aquel bar no solo me explotaba sexualmente. Yo era la que limpiaba en su casa, cocinaba, cuidaba de su hijo… Siempre me gritaba: ‘¡Tú no tienes libertad!», cuenta.
A Blessing se le va la sonrisa de la cara al recordar aquella vez que tenía un dolor tan agudo en el abdomen que no se podía ni mover. Le pidió a aquella mujer que llamara a un médico. Recibió como respuesta: «Ni médico ni nada, tú a trabajar». «Yo no podía hacer nada en esas condiciones, pero le daba igual. Ni siquiera me dejaba descansar cuando tenía la regla», recuerda.
«Mi padre era un putero, y cuando se enteró de lo que me había pasado al llegar a Europa, me dijo: ‘¿En qué me he equivocado yo contigo?»
HOy, sigue sin querer saber nada de su familia porque ya les ha demostrado que puede.
Blessing tiene algo que decir: “El vudú ya no es nada para mí. Quiero decirles a todas las chicas que no tengan miedo, ¡que no existe!”.
Vuelve a sonreír porque tiene la cabeza, dice, llena de ideas. «Puedo coser, maquillar, decorar casas… ¡Es que tengo muchas ganas! Y me gustaría tener mi propia peluquería», afirma.
Hoy lleva el chaleco que le identifica como parte de APRAMP (Asociación para la Prevención, Reinserción y Atención a la Mujer Prostituida), la institución que le liberó de la esclavitud y desde la que hoy ayuda a otras mujeres que han pasado por el mismo calvario que ella.
