Publicado originalmente en ElConfidencial.com

Una mujer víctima de trata cose en el taller de APRAMP. (Patricia Seijas)
Marcela (nombre ficticio) llegó a España hace 17 años desde Brasil. En su país de origen, trabajaba como secretaria en un bufete de abogados y con el dinero que ganaba pagaba sus estudios de la carrera de Derecho. Pero llegó la crisis económica de 2004 y se quedó sin empleo. Una amiga le propuso trabajar en Europa y quedó con una mujer para conocer detalles de la oferta. «Me propuso quedarme seis meses con un sueldo de 1.200 euros trabajando como servicio doméstico. Tenía entonces 23 años y una familia no desestructurada económicamente pero sí emocionalmente. He sido una niña maltratada y nunca les importé, así que lo único que quería era demostrar a mis padres que no les necesitaba para ser alguien en la vida», explica.
Marcela mueve mucho las manos, enlaza sus dedos de forma vertiginosa, los aprieta y acaricia. Lleva una de sus muñecas llenas de pulseras y al hablar se le seca rápidamente la boca. Cuenta su historia de terror de forma tan serena que solo se romperá una vez. Tira de orgullo y solo quiere pensar en el presente y en el futuro. Pero quiere volver al pasado para contar por lo que pasó al llegar a Europa.
La mujer que le ofreció trabajo en un cibercafé (su «captadora», porque luego aprendió a llamar a las cosas por su nombre) se introdujo en su familia, conoció a sus hermanas y a sus sobrinas de cuatro y seis años. «Hizo de todo para demostrar que era amiga mía para ganar mi confianza, y a los tres meses acepté», explica. La noche antes del embarque nos reunió a todas (ocho mujeres, todas brasileñas, porque era lo que se demandaba entonces), nos dio 500 euros para pasar entre fronteras, el pasaporte (gestionado por la mafia), dinero para comprar ropa porque decía que en Europa la gente se viste diferente, cosa que luego vi que es mentira”, narra. Su ruta fue de Sao Paulo a Francia y de Francia a Vigo.
En la capital de Pontevedra, les esperaba una furgoneta con personal de seguridad que las recogió una a una y las llevó a Valença do Minho. Allí les esperaba otra mujer que las recibió con amabilidad, les recogió las pertenencias y les invitó a pasar una semana como turistas. Pasaban los días, lo estaban pasando bien, pero aquellas ocho mujeres brasileñas empezaban a hacerse preguntas. Habían ido a trabajar, no de vacaciones.
«Me rebelé al escuchar aquello y ahí recibí mi primera bofetada. Nos dijo que nuestra deuda inicial era de 5.800 euros»
La misma mujer amable las encerró en una habitación, pero su actitud había cambiado. “Nos dijo: ‘No habéis venido aquí a ningún trabajo como servicio doméstico, habéis venido a ejercer la prostitución”. Marcela traga saliva al recordarlo. «Me rebelé al escuchar aquello y ahí recibí mi primera bofetada. Fue entonces cuando empezó a sacar fotos de mis sobrinas y me amenazó con que si no cumplía las órdenes las iban a secuestrar, a violar y a hacer trozos con su cuerpo. Nos dijo que nuestra deuda inicial era de 5.800 euros más los añadidos de la semana turística», cuenta. «Y a ti precisamente, la que te va a vestir voy a ser yo», le dijo la que fue su segunda captadora.
En Portugal estuvo tres meses y de ahí la llevaron a Sevilla, un lugar donde las cosas se complicaron por culpa del idioma y de los hábitos. «Me dijeron que tenía que consumir droga si quería devolver la deuda con más rapidez», cuenta. Un camarero del club le enseñó el camino. La llevó detrás de la barra, “quizá lo único que se asemeja a las películas”, y le enseñó una bandeja llena de rayas de cocaína. «Me enseñó las fotos de mis sobrinas y me advirtió de que si un putero quería consumir y quería que yo lo hiciera, no podía negarme. Así que me convertí en otra persona. Era la que más bebía y la que más me drogaba», cuenta.
Se convirtió, dice, en la gallina de los huevos de oro, así que la mafia la llevó a Madrid porque «había que levantar un club». En cada local, afirma, había un cartel con las multas que tenían que pagar las mujeres por cada ‘incumplimiento’: llegar tarde, no pasar por peluquería, y también el coste del desayuno, la comida y la cena. Todo con tal de hacerles seguir aumentando la deuda. «Me pasé una semana con un putero en su casa a base de alcohol y drogas, porque en esa casa no había comida. Pagó 14.000 euros por aquello y al volver al local le dije a la dueña: coge tu parte del dinero, dame mi parte y mi pasaporte, que yo me voy. Llamó a seguridad y me dieron la paliza de mi vida. Me abrieron la cabeza y en vez de llamar a un médico llamó a una compañera a la que pidió que me arreglaran, me cosieran la cabeza como pudiera porque tenía que volver al trabajo», explica.
Marcela gira levemente su cuerpo y mira directamente a los ojos de quien escribe: «No te quitan la autoestima, te la roban, también la dignidad, y cualquier sueño». Deja claro que jamás ganó dinero, sino una enfermedad. «Hace años tuve un infarto, así que de ellos he heredado tener que tomar Sintrón hasta el día que me muera», cuenta.
Marcela trabaja desde hace 10 años en la unidad de rescate con Ana, la persona que le salvó la vida y de la que dice emocionada que nunca le soltó la mano. «He necesitado tres años para recuperarme y recuperar mis hábitos, mi vida, y he pasado por 11 psicólogos, les he vuelto locos a todos», bromea. Quiere acabar Derecho para defender a las víctimas de la trata como ella.
Hoy lleva el chaleco que le identifica como parte de APRAMP (Asociación para la Prevención, Reinserción y Atención a la Mujer Prostituida), la institución que le liberó de la esclavitud y desde la que hoy ayuda a otras mujeres que han pasado por el mismo calvario que ella.
