Flor Molina, de México

Soy muy trabajadora y muy buena costurera. Tenía dos empleos para mantener a mis tres hijos pequeños. Cuando mi profesora de costura me habló de un trabajo en Estados Unidos, pensé que era una buena oportunidad. Decidimos emprender el viaje juntas. Una vez en la frontera, la mujer que organizó el viaje nos quitó nuestros documentos y ropa “para guardarlos”. Nos llevaron a las dos a una fábrica de costura y nos obligaron a comenzar a trabajar de inmediato. Golpeadas y con la prohibición de salir de la fábrica, empezábamos nuestro trabajo a las 4:00 de la mañana. Además de coser, teníamos que limpiar la fábrica después de que los demás trabajadores se fueran. Tras 40 días, de trabajo continuo, nos permitieron salir para ir a la iglesia.

Allí pedí ayuda. Con el apoyo de una ONG local, pude liberarme. Ahora soy líder en un comité nacional de sobrevivientes en Estados Unidos y abogo por los derechos de las víctimas y la transparencia en las cadenas de suministro.

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